2.2.2. Los pecados capitales como materia literaria

Sobre la presencia de los pecados mortales o capitales[1] como material susceptible de ser usado en obras literarias a partir del concepto religioso o teológico, hay que decir que los estudios al respecto en la literatura inglesa, así como en la italiana, han sido más abundantes que en la literatura española, siendo el libro The seven deadly sins (Bloomfield, 1967) el referente ineludible en este sentido[2] . En español, el trabajo más sistemático dedicado a este aspecto es el de Oyola (1979), el cual no hace referencia al modo en que el concepto teológico llega a ser un material literario, pues pasa de puntillas por este hecho. Después se centra en los pecados capitales presentes (implícita o explícitamente) en el Cid, en los Milagros de Nuestra Señora, en el Libro de Buen Amor y en La Celestina, pero tampoco dedica casi ninguna línea a explicar cómo este concepto ha penetrado en estas obras, siendo su análisis interesante pero superficial. Si exceptuamos a Oyola, los investigadores que se han ocupado de esta idea no han sido demasiados y su atención parece centrarse en alguna obra concreta [3] Puede mencionarse, en este sentido, someramente, a Clarke (1968), que se centra en La Celestina, a Nowak (1999), refiriéndose al Lazarillo o Reyes Anzando (2004), Vasvari (1985), Vetterling (2000) o Cáliz Montes (2012) al hablar sobre el Libro de Buen Amor., siendo escasas las obras en las que se habla de este concepto, que suele aparecer subordinado a otros aspectos más generales (Morreale, 1958; Del Olmo Lete, 2008) o se centran más en el ámbito social e histórico (Carrasco Manchado y Rábade Obrador, 2008) o en manifestaciones artísticas no literarias (Le Goff, 2009).

Por tanto, el modo en el que surge el concepto de los pecados capitales y se va extendiendo en la sociedad hasta convertirse en material susceptible de ser usado por los escritores es un campo que ha empezado a abonarse (con los estudios de Bloomfield (1967), Oyola (1979), Casagrande y Vecchio (2003 y 2009), Wenzel (1960), Newhauser y Ridyard (2012) o Belliotti (2011), entre otros), pero cuyos frutos, desgraciadamente, apenas han llegado a vislumbrarse. Sería interesante estudiar la evolución del mismo desde sus orígenes hasta su conversión en un concepto literario y artístico después de ser una noción teológica; también, analizar su presencia en la literatura española en particular, con sus incuestionables vínculos con la europea en general, algo similar a lo que hizo Bloomfield con la literatura inglesa. Por desgracia, no es este el lugar ni el momento para semejante empeño, aunque creemos interesante apuntarlo para futuras investigaciones.

De forma preliminar, a falta de esos estudios, se puede señalar que la historia del concepto de los pecados capitales comenzaría con las especulaciones Gnósticas y la ciencia astral helenística en los siglos anteriores y posteriores a la aparición de Cristo. Al principio, este concepto fue aliado del cristianismo para introducirse en Occidente y después, purgado de sus connotaciones paganas, su clasificación fue pulida por los ascéticos y los Padres de la Iglesia en los desiertos egipcios (Bloomfield, 1967: xiii-xiv y 43-67; Rivera, 1982: 5), donde Evagrio Póntico fue uno de los primeros en usar de modo sistemático el concepto de pecados o vicios capitales en el cruce cultural que fue la Alejandría del siglo IV. Sin embargo, sería su discípulo Juan Casiano, monje del siglo V en cuyas obras Instituciones y Colaciones el concepto de los pecados capitales jugaba un papel central, el que influyó decisivamente en el papa Gregorio Magno, en cuyo libro Moralia, sive expositio in Job aparece una exégesis del versículo 39,25 de Job en la que los pecados capitales libran una feroz batalla contra la ciudadela del espíritu humano. La influencia de Gregorio Magno en el mundo medieval es incuestionable y fue él quien fijó el número de siete al hablar de los pecados capitales, frente a los ocho señalados por Evagrio Póntico y por Juan Casiano; tras ello, el mundo monástico con sus firmes reglas fue uno de los que más contribuyó a reafirmar la lista elaborada por Gregorio Magno, que recibiría un espaldarazo definitivo con la renovación teológica y pastoral de los siglos XII y XIII de la mano de autores como Guillaume Peyraut , Alexandre de Hales o Tomás de Aquino (Casagrande y Vecchio, 2009: 9-13). En definitiva, en el siglo XV el septenario había triunfado de un modo incuestionable y su influjo se sentía en todos los ámbitos de la vida del momento, incluyendo, por supuesto, el mundo literario. Sin embargo, en el medievo había otra lista que también hablaba del septenario en la que el orden de importancia de los pecados capitales difería con respecto a la lista de Gregorio Magno, que era la lista de Henry de Ostia, conocida como lista ostiense. Ambas fueron muy populares durante la Edad Media, pero la ostiense fue más conocida durante el siglo XV y fue la que siguió Mena en las Coplas, frente a lo que había ocurrido en siglos anteriores, en los cuales la lista gregoriana fue la más influyente, por lo que su rastro puede advertirse en Dante o en Chaucer, entre otros (Rivera, 1982: 6). Huelga decir que los pecados capitales o mortales han seguido siendo una fuente inagotable para el arte en general y para la literatura en particular en el devenir de los siglos.