2.1. Biografía de Juan de Mena

Casi todos los datos biográficos sobre nuestro autor han de ser tratados con mucha cautela, pues quedan muchísimas dudas por disipar al respecto. Ramírez de Arellano (1922: 322-323), por ejemplo, recuerda que según Gallardo (1863) Mena habría nacido en 1412, no en 1411, según él mismo cree y como suele ser aceptado. Para afirmar esto, Gallardo asegura haber copiado unos manuscritos del doctor Ramírez Casas-Deza, pero Ramírez de Arellano cree que esos datos llegaron hasta Ramírez de Casas-Deza a través de autógrafos del doctor Vaca de Alfaro, el cual habría escrito en 1663 una Vida de Juan de Mena que no habría llegado a la imprenta y que no se conserva. El parentesco de Mena con los Vaca, a través de su matrimonio con la hermana de los cordobeses García y Lope de Vaca, no haría que esta hipótesis fuera disparatada, según Ramírez de Arellano, pero faltan pruebas documentales que la justifiquen más allá de las palabras de Gallardo (1922: 322-323). Aunque hoy todos los estudiosos dan como válida la fecha de 1411, este ejemplo es solamente una muestra de las muchas dudas y pocas certezas que todavía hoy en día persisten en lo referente a la biografía del insigne autor cordobés.  

Desde una perspectiva cronológica, los primeros datos biográficos acerca de Juan de Mena nos los proporciona el propio autor a través de algunas de sus obras. Así, su origen cordobés puede rastrearse en la estrofa CXXIV del Laberinto, en la XXXVII de la Coronación o en el proemio de la Iliada en romance, como bien indica Pérez Priego (1989: IX). Juan de Lucena en su Vita Beata (1463) «pinta a Juan de Mena como varón sobremanera dulce en sus palabras y modales, algo pálido y enfermizo por efecto de las vigilias estudiosas» (Menéndez Pelayo, 1890/1944: 143). Aparte de esto, ha de mencionarse el accesus de la primera edición de El laberinto de Hernán Núñez en 1499, en el que se ofrece la base de todas las biografías que se han escrito sobre el autor cordobés, a saber, nieto de Ruy Fernández de Peñalosa e hijo de Pedrarias, nació en Córdoba, donde comenzó sus estudios; continuó su formación en Salamanca, marchó a Italia, fue veinticuatro de Córdoba y secretario de cartas latinas de Juan II; además, fue el autor de la Coronación, el Laberinto y las Coplas de los pecados mortales y falleció en Torrelaguna, con un terrible dolor de costado, donde fue enterrado a expensas del Marqués de Santillana (Casas Rigall, 2021: 165-166). Esta misma información sería reutilizada en el Epicedio de su discípulo Valerio Francisco Romero en 1555, con unos “disformes coplones”, según Menéndez Pelayo (1890/1944: 141-142), pero sin añadir nada nuevo a lo expuesto por su maestro, en contra de lo que habían afirmado Ticknor (1851: 403 n.), Amador (1865, VI: 94 n.) e incluso Menéndez Pelayo (1890/1944: 140-143), como señala Casas Rigall (2021:166). Sin abandonar el siglo XVI suelen mencionarse también las Quincuagenas de Gonzalo Fernández de Oviedo, quien habla por primera vez de un posible accidente como causa de la muerte de Mena «e los más concluyen que una mula le arrastró o cayó d’ella» (Avalle-Arce 1974, I: 280-281), aunque ya Menéndez Pelayo (1890/1944: 144) creía que se trataba de un cuento tradicional «inspirado por los satíricos y populares versos sobre un macho que compró de un arcipreste». También suele mencionarse la edición de Mena realizada por Sánchez de las Brozas, aunque no aporta ningún dato novedoso e incluso yerra a la hora de situar el edificio de Torrelaguna en el que está la sepultura de Mena (Casas Rigall, 2021:166).

En el siglo XVII Pedro Salazar y Mendoza (1625:103) y Nicolás Antonio (1696: 266) abundan en lo que Casas Rigall (2021:166) denomina la literaturización de la biografía meniana, señalando el primero que el enterramiento de Mena había sido «muy suntuoso» y el segundo que su fallecimiento se produjo cuando iba a la corte de Juan II. Sin embargo, también en el siglo XVII, Alonso García de Morales (1672) propone una genealogía (a partir de documentos consultados en Córdoba, hoy perdidos) que vendría a completar y a corregir la señalada por Hernán Núñez (Street 1953: 150-151). Después de esto, habría que esperar hasta el siglo XX para ver la aportación de nuevos datos sobre la vida de Mena; primero con pocas certezas, como es el caso de Ramírez de Arellano, quien no obstante habló de la segunda mujer de Mena (1922: 331), y después con una base documental mucho más sólida, como es el caso de Street (1953: 149-173), quien sirviéndose de diferentes documentos conservados traza una semblanza vital más completa de Mena. Por ejemplo, confirma su condición de secretario de cartas latinas y cronista (1953: 162-163) y su relación con importantes miembros de la corte castellana y portuguesa (1953: 167-171). Yerra Street, sin embargo, a la hora de dilucidar las fechas en las que Mena estuvo en Italia, y se equivoca también señalando al cardenal Juan de Cervantes como el protector de Mena en Italia, concretamente, en Roma (1953: 154-155). Sería Beltrán de Heredia (1956: 502-508; 1970:544-550) quien demostrara documentalmente que Mena estuvo en Florencia como «clérigo cordobés» en febrero de 1442 bajo la protección del cardenal Juan de Torquemada, esperando obtener beneficios eclesiásticos como clérigo, aunque no ordenado. Dicha estancia, cuyo comienzo no puede precisarse, terminó en agosto de 1443 como puede comprobarse por una súplica del cardenal Torquemada a Eugenio IV pidiéndole que se mantengan las prerrogativas de Mena en la curia, aunque en esa fecha esté ausente de la misma. Por lo que sabemos, Mena no regresaría a Italia, debido a la buena acogida que halló ya por esas fechas en la corte de Juan II. También durante el siglo XX gozaron de cierto predicamento las hipótesis acerca de la situación de converso de Juan de Mena, defendidas por Lida de Malquiel (1941: 150-154) y por Américo Castro (1948: 503 y 569), aunque las mismas ya fueron puestas en entredicho por Street (1953:151-152) y superadas gracias al trabajo de Asensio (1967: 327-351). Aunque se ha intentado explicar ciertos aspectos de su personalidad y de su poesía a la luz de un supuesto origen converso (Lida de Malquiel, 1941: 150-154; 1950: 90-92; Castro, 1948: 568-575), lejos parece haber quedado ya esa polémica (Asensio, 1976: 85-117). Finalmente, cabe citar las nuevas aportaciones sobre el epitafio de Juan de Mena o sobre la suerte de sus restos con Casas Rigall (2021: 165-180).

Advertido esto, diremos que Juan de Mena habría nacido en diciembre de 1411 en Córdoba, razón por la cual entre los biógrafos primitivos se habría mantenido la duda acerca de si Mena habría nacido en 1411 o 1412 según Street (1953:149-150), siendo probablemente miembro de una familia acomodada, con bastante seguridad, los Fernández de Peñalosa (Ortí Belmonte, 1957: 60-63; Street, 1953:150). Todo parece indicar que su abuelo fue Ruy Fernández de Peñalosa y Mena, señor de Almenara y veinticuatro de Córdoba, y que habiendo quedado huérfano de su padre (Pedrarias de Mena) muy pronto, su cuidado quedó a cargo de sus familiares. Sobre su formación apenas hay datos, más allá de que seguramente tras estudiar en Córdoba (no sabemos dónde ni con quién, aunque Street apunta a que pudo ser en el convento de Amizafa o en la Universidad de Beneficiados), pasaría a Salamanca; se indica que fue a Salamanca en 1434, con 23 años, aunque esto también se ha puesto en duda ya que lo normal en la época era empezar estudios allí con 15 años (Street, 1953:152; De Nigris, 1994: xxxvi). Esa fue la edad con la que habría empezado a estudiar en Salamanca Nebrija, quien también probaría suerte en Italia pocos años después, con diecinueve, en 1463, y donde continuaría su formación gracias a la ayuda eclesiástica. Muy pocos años de diferencia entre ambos y muchas similitudes en su formación, que sirve también para cuestionar, al menos, la edad a la que supuestamente Mena habría llegado a Salamanca. Sea como fuere, parece que en Salamanca llegó a licenciarse como maestro en artes (Street, 1953:153; De Nigris, 1994: xxxvi; Pérez Priego, 1989: x) y posteriormente pasó a Italia[1], como demuestran los registros vaticanos consultados por Beltrán de Heredia, donde habría estado bajo la protección del cardenal Juan de Torquemada y donde habría pedido varios beneficios eclesiásticos, sin demasiada suerte en general (Beltrán de Heredia, 1956: 504-506). De acuerdo con Morales (1672), citado por Street (1953:156), ya en 1435 Mena sería veinticuatro de Córdoba, al igual que su único hermano mayor, aunque es imposible corroborar esos datos pues los documentos consultados por Morales se han perdido. Hacia 1444 debe estar ya vinculado a la corte del rey Juan II, aunque el primer documento citado por Street en el que aparece como «secretario del rey» data de 1450, pues de otro modo no se entiende que no regresara a Florencia con el cardenal Juan de Torquemada tras su marcha de aquella ciudad en agosto 1443. Probablemente, el hecho de que en febrero de 1444 le hubiese presentado al rey Juan II su Laberinto de Fortuna, (como recoge el explicit de algunos manuscritos del poema) junto a su prestigio como erudito y latinista, le sirvieron para lograr su nombramiento como cronista y secretario de cartas latinas del rey, un puesto que ocupará el resto de su vida y que dejará muchas muestras de su posicionamiento ideológico en sus obras literarias. En ellas se advierte reiteradamente (sobre todo, pero no exclusivamente, en el Laberinto de Fortuna) su apoyo a las políticas reales y a las de don Álvaro de Luna, si bien eso no le impidió cultivar una sincera amistad con el marqués de Santillana (acérrimo detractor del Condestable), con el cual compartió una fructífera pasión literaria e intercambió composiciones poéticas, como juegos cortesanos. Tras la muerte del Condestable (decapitado en 1453) y de Juan II (en 1454), parece que Mena pasó sus últimos años en Córdoba, donde se había casado en dos ocasiones, con la hermana de García y Lope de Vaca, en primera instancia, y con Marina Méndez, en segundo lugar, sin tener descendencia en ningún caso, y donde obtuvo una importante renta procedente de los bienes confiscados al malogrado Álvaro de Luna. Por lo que sabemos, seguió ostentando sus cargos cortesanos hasta el final de sus días, pues hay documentos que reflejan el pago a Mena de sus emolumentos como cronista real de Enrique IV en 1455 y que muestran la transferencia de los mismos a Alonso de Palencia en septiembre de 1456 por el fallecimiento de Mena (Street, 1953:166). Finalmente, en 1456 fallece (hay dos versiones al respecto, una más “literaria” y tardía que hablaría de que fue arrastrado por una mula al caerse (Avalle-Arce 1974, I: 280-281), y la otra, la más creíble (Hernán Núñez,1499: ff. ivv -vr), que haría referencia a un dolor terrible en el costado) y es enterrado en Torrelaguna, en un sepulcro costeado, según la tradición, por su amigo el marqués de Santillana. Tras esto, sobre las vicisitudes del epitafio y la sepultura de Mena, nos habla Casas Rigall (2021: 165-179), quien no descarta la posibilidad de que dicho epitafio fuese escrito originalmente por el propio Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, aunque señala que tanto la sepultura como el epitafio fueron remozados, con toda probabilidad, en el siglo XVIII por orden de don Pedro González, obispo de Ávila, según indica Antonio Ponz (1781: 38 y 67 n.). Asimismo, señala que en 1869 se produce la exhumación de los resto de Mena para ser trasladados a un efímero panteón nacional de Madrid, donde se pensaba depositar los resto de españoles ilustres de todos los tiempos, aunque la iniciativa decayó rápidamente y los restos fueron devueltos a Torrelaguna e inhumados de nuevo en una ubicación diferente a la original; sin embargo, en 1936, con la Guerra Civil, los resto del poeta son trasladados de nuevo al Museo Arqueológico de Madrid (supuestamente para protegerlos de posibles saqueos), para ser de nuevo devueltos a Torrelaguna en 1940. Cuando en 1984 se quiso realizar un análisis forense para determinar las causas reales de la muerte de Mena, se constató que, con los continuos traslados señalados, tal vez se habían perdido para siempre los huesos de Mena, pues en el arca funeraria en la que supuestamente estaban sus restos, había un amasijo con huesos de dos adultos, un niño y una vaca (Casas Rigall 2021: 172). No obstante, su sepulcro y su epitafio (evidentemente reconstruidos) se pueden visitar y contemplar hoy, con todos los honores, en la iglesia parroquial de Torrelaguna.